Qué bueno levantar la copa y que alguien en el mundo sepa por qué, sin tener que andar explicando nada.
Brindo por eso, y por eso. Y por eso.
Friday, November 27, 2009
Saturday, November 21, 2009
privilegio
"La lluvia me inspira. Bah, es una forma de decir. La lluvia me transmite cosas.
Cuando llueve todo se diluye. La tristeza, la angustia, el dolor, la pena; pero también la alegría, el sueño, el amor.
La lluvia es imperativa, la lluvia es vital, es necesidad, molestia, belleza, sorpresa."
Mientras pensaba eso, preparaba el nudo de la soga.
Así preparó su muerte, disfrutando intensamente de ese último momento de vida.
Así hubiera querido morir.
Al final, el hombre es cobarde. Dejó la soga a un lado y puso la pava en el fuego.
Preparó mate amargo y siguió mirando la lluvia por la ventana. Todo se diluye, incluso la decisión de morir.
Al final, el hombre es valiente. Un poco de esperanza de que algo (no todo) iba a cambiar, de que el mundo puede ser más justo. Una utopía. El mundo es injusto, y mientras él pensaba en matarse tomando mate al abrigo de su casa, otros intentaban sobrevivir en los lugares más horribles, en las situaciones más violentas, en el peor de los mundos.
Al final, el hombre es indolente.
Llorar de desesperación no sirve, aunque al menos es un paso adelante.
Cuando llueve todo se diluye. La tristeza, la angustia, el dolor, la pena; pero también la alegría, el sueño, el amor.
La lluvia es imperativa, la lluvia es vital, es necesidad, molestia, belleza, sorpresa."
Mientras pensaba eso, preparaba el nudo de la soga.
Así preparó su muerte, disfrutando intensamente de ese último momento de vida.
Así hubiera querido morir.
Al final, el hombre es cobarde. Dejó la soga a un lado y puso la pava en el fuego.
Preparó mate amargo y siguió mirando la lluvia por la ventana. Todo se diluye, incluso la decisión de morir.
Al final, el hombre es valiente. Un poco de esperanza de que algo (no todo) iba a cambiar, de que el mundo puede ser más justo. Una utopía. El mundo es injusto, y mientras él pensaba en matarse tomando mate al abrigo de su casa, otros intentaban sobrevivir en los lugares más horribles, en las situaciones más violentas, en el peor de los mundos.
Al final, el hombre es indolente.
Llorar de desesperación no sirve, aunque al menos es un paso adelante.
Saturday, October 10, 2009
Licencia.

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
Jorge Luis Borges.
Foto: De Juanro, para mí.
Monday, October 05, 2009
grito
Al final de la tarde me gusta mirar por la ventana. Miro para afuera y las cosas parece que se ordenan. No digamos que todo es claro, apenas un poco más claro.
Cuando entré a este lugar pensaba que iba a ser para siempre, y no me importaba. Ahora sé que voy a salir, en cualquier momento voy a salir, y ni siquiera estoy ansioso. Ya conozco lo que hay del otro lado de la puerta, y no es mucho mejor que esto.
Tal vez no te dopan, es cierto, o no lo hacen con esta mierda que me dan a mí cada mañana, pero te dan otras mierdas, mucho más letales.
Cuando miro por la ventana vuelvo al tren, al tren de mi infancia. Veo las calles de tierra y los alambrados cubiertos de enredaderas verdes con flores lilas, veo las casas. Todo está tan cerca, y es increíble.
Me gustaba mirar las casas, cuando era chico. Ver las luces prendidas desde afuera y adivinar la vida de adentro, como si fueran libros de cuentos, como los cuentos que nadie me contaba.
Ahora no me gusta, ahora lloro. No quiero que me cuenten cuentos, y mucho menos cuentos tristes, pero veo las casas y los cuentos se fotografían en mi frente con una nitidez horrible, veo lo que pasa, veo la bronca, la impotencia, el frío, la resignación, la murria. Veo el asco, el miedo, el desprecio. Veo todo y entiendo todo y no lo puedo soportar.
Cuando salga de acá va a ser muy difícil. Voy a volver a matar, cuando salga de acá.
Cuando entré a este lugar pensaba que iba a ser para siempre, y no me importaba. Ahora sé que voy a salir, en cualquier momento voy a salir, y ni siquiera estoy ansioso. Ya conozco lo que hay del otro lado de la puerta, y no es mucho mejor que esto.
Tal vez no te dopan, es cierto, o no lo hacen con esta mierda que me dan a mí cada mañana, pero te dan otras mierdas, mucho más letales.
Cuando miro por la ventana vuelvo al tren, al tren de mi infancia. Veo las calles de tierra y los alambrados cubiertos de enredaderas verdes con flores lilas, veo las casas. Todo está tan cerca, y es increíble.
Me gustaba mirar las casas, cuando era chico. Ver las luces prendidas desde afuera y adivinar la vida de adentro, como si fueran libros de cuentos, como los cuentos que nadie me contaba.
Ahora no me gusta, ahora lloro. No quiero que me cuenten cuentos, y mucho menos cuentos tristes, pero veo las casas y los cuentos se fotografían en mi frente con una nitidez horrible, veo lo que pasa, veo la bronca, la impotencia, el frío, la resignación, la murria. Veo el asco, el miedo, el desprecio. Veo todo y entiendo todo y no lo puedo soportar.
Cuando salga de acá va a ser muy difícil. Voy a volver a matar, cuando salga de acá.
Friday, September 11, 2009
no tienes más invitaciones, Amanda.
Participación en el TELITA
El proyecto era simple: agarrar la topadora y arrasar con todo lo que hubiera en el lugar en el que estaba el pequeño poblado de lugareños del norte, donde, a lo sumo, unos treinta indígenas vivían sin respetar las leyes que manda la etiqueta y la religión.
Doña Amanda era estricta. En su campo se podía vivir, siempre y cuando se casara uno por iglesia y no tuviera más de una mujer.
Hacía rato que venía insistiendo con el tema a su marido, el Patrón, pero él la ignoraba como ignoraba todo lo que lo rodeaba, excluyendo su hacienda y sus plantaciones, y alguna que otra actividad que lo entretenía en los largos meses del campo.
Había accedido al pedido de Amanda porque, según él recordaba, esta era la segunda oportunidad en la que ella insistía tanto con un asunto. La primera había sido una disputa sin importancia por unos caballos con el dueño de la estancia vecina. Amanda reclamaba una tropilla que, decía, había ido a parar al otro lado del alambrado quién sabe cómo. Había que reconocerle su gran memoria, identificaba a todos los caballos de la estancia, eran su especial debilidad. Como no tenían hijos, prácticamente dedicaba su vida a cuidarlos. Así que aquella vez el Patrón había ido a hablar con el vecino, y había recuperado la tropilla. Un episodio aislado en su rutinaria vida, Amanda no solía interferir en los asuntos de la estancia.
Ahora, después de escuchar interminables súplicas, había accedido a echar de su campo a esos “indecentes”, según el decir de su esposa. También había pensado que, complaciendo a su mujer, podría recuperar unas cuantas hectáreas del campo, justo dónde estaba la laguna, y podría ir a pescar sin las inoportunas miradas de la gente que lo veía pasar y casi lo veneraba.
Amanda había venido a saber por medio de la mujer del capataz que los indígenas no respetaban las leyes de Dios. O al menos no las del Dios de Amanda. Los habían visto una vez rezando a la Virgen de Santa Rosa, y eso había apaciguado un poco el ánimo de Amanda, pero también era sabido que convivían sin estar unidos por la Santa Iglesia Católica, y eso era algo que no podía tolerar.
El Patrón fue al pueblo y alquiló una topadora.
Unos días antes, el capataz fue el encargado de avisarles a los indígenas que debían irse, so pena de morir aplastados en sus ranchos de adobe.
Sobra decir que la noticia no tuvo una buena acogida entre la pequeña población. Las mujeres lloraban, desesperadas; una semana es muy poco tiempo para buscarse una casa.
Los hombres, más drásticos, agarraron las escopetas y fueron a hablar con el Patrón.
Lo encontraron sentado mirando la televisión, aburrido en su living, solo.
El Patrón los vio venir pero no se movió. Tenía años de campo, y sabía que las cosas se arreglaban con distancia y frialdad.
Los dejó llegar hasta la galería y se levantó, con la mirada pétrea. Escuchó las razones de los hombres, y con la voz grave y pausada respondió: “Ahí tienen la capilla. Arreglen sus asuntos y se quedan, no los arreglan y se van”.
Los hombres no estaban dispuestos a escuchar sermones. Volvieron a exponer sus razones, por demás justas, pero esta vez un poco más violentamente, con algún grito e insultos de por medio.
El Patrón no se inmutó. Les dio la espalda tranquilamente y volvió a sentarse en su sillón, sin responderles siquiera. Ya había dicho lo que tenía que decir, no iban a venir a decirle a él qué era lo que tenía que hacer en sus tierras, ni estos hombres con escopetas, ni nadie.
No era por Amanda que se mantenía tan firme, sino porque no le gustaba que contrariaran su voluntad.
Los hombres se quedaron en la galería, con las escopetas en la mano, sin saber qué hacer. Se miraban sin hablar, esperaban al capataz que no llegaba, aunque no sabían para qué lo esperaban, adivinaban esa espera inútil.
No podían volver sin respuesta a sus mujeres e hijos. Mejor dicho, no podían volver con esa respuesta. Se sentían humillados, aunque ciertamente no analizaban este sentimiento, simplemente sentían que la tensión a la sombra de la galería crecía cada vez más y que algo tenían que hacer.
Una pareja de hombres que estaba cerca de la ventana tomó una mesa de madera que había en la galería y la tiró contra la pared, haciendo mucho ruido y despedazándola.
El Patrón se sobresaltó, llamó con un grito al capataz y se acercó a la galería.
Los hombres lo miraban con furia, con odio, con ira. Uno de ellos, el más viejo, tomó una pata de la mesa que acababan de romper y dijo solemnemente: “Un tributo a mis ancestros”, y le pegó al Patrón un fuerte golpe en la cabeza. A ese golpe siguieron muchos, la sangrienta muerte ya estaba definida.
El capataz llegó tarde. Amanda, volviendo de su misa, se encontró con los hombres que llevaban al Patrón hacia el caserío, como un trofeo, como un recuerdo de la histórica victoria de los débiles sobre el fuerte, de los pobres sobre el rico, de los indios sobre el blanco.
Amanda lloró. Ciertamente sintió remordimiento, pero más lloró de bronca. El llanto de Amanda no conmovió a nadie. Vivió y murió sola, en su gran estancia despoblada.
El proyecto era simple: agarrar la topadora y arrasar con todo lo que hubiera en el lugar en el que estaba el pequeño poblado de lugareños del norte, donde, a lo sumo, unos treinta indígenas vivían sin respetar las leyes que manda la etiqueta y la religión.
Doña Amanda era estricta. En su campo se podía vivir, siempre y cuando se casara uno por iglesia y no tuviera más de una mujer.
Hacía rato que venía insistiendo con el tema a su marido, el Patrón, pero él la ignoraba como ignoraba todo lo que lo rodeaba, excluyendo su hacienda y sus plantaciones, y alguna que otra actividad que lo entretenía en los largos meses del campo.
Había accedido al pedido de Amanda porque, según él recordaba, esta era la segunda oportunidad en la que ella insistía tanto con un asunto. La primera había sido una disputa sin importancia por unos caballos con el dueño de la estancia vecina. Amanda reclamaba una tropilla que, decía, había ido a parar al otro lado del alambrado quién sabe cómo. Había que reconocerle su gran memoria, identificaba a todos los caballos de la estancia, eran su especial debilidad. Como no tenían hijos, prácticamente dedicaba su vida a cuidarlos. Así que aquella vez el Patrón había ido a hablar con el vecino, y había recuperado la tropilla. Un episodio aislado en su rutinaria vida, Amanda no solía interferir en los asuntos de la estancia.
Ahora, después de escuchar interminables súplicas, había accedido a echar de su campo a esos “indecentes”, según el decir de su esposa. También había pensado que, complaciendo a su mujer, podría recuperar unas cuantas hectáreas del campo, justo dónde estaba la laguna, y podría ir a pescar sin las inoportunas miradas de la gente que lo veía pasar y casi lo veneraba.
Amanda había venido a saber por medio de la mujer del capataz que los indígenas no respetaban las leyes de Dios. O al menos no las del Dios de Amanda. Los habían visto una vez rezando a la Virgen de Santa Rosa, y eso había apaciguado un poco el ánimo de Amanda, pero también era sabido que convivían sin estar unidos por la Santa Iglesia Católica, y eso era algo que no podía tolerar.
El Patrón fue al pueblo y alquiló una topadora.
Unos días antes, el capataz fue el encargado de avisarles a los indígenas que debían irse, so pena de morir aplastados en sus ranchos de adobe.
Sobra decir que la noticia no tuvo una buena acogida entre la pequeña población. Las mujeres lloraban, desesperadas; una semana es muy poco tiempo para buscarse una casa.
Los hombres, más drásticos, agarraron las escopetas y fueron a hablar con el Patrón.
Lo encontraron sentado mirando la televisión, aburrido en su living, solo.
El Patrón los vio venir pero no se movió. Tenía años de campo, y sabía que las cosas se arreglaban con distancia y frialdad.
Los dejó llegar hasta la galería y se levantó, con la mirada pétrea. Escuchó las razones de los hombres, y con la voz grave y pausada respondió: “Ahí tienen la capilla. Arreglen sus asuntos y se quedan, no los arreglan y se van”.
Los hombres no estaban dispuestos a escuchar sermones. Volvieron a exponer sus razones, por demás justas, pero esta vez un poco más violentamente, con algún grito e insultos de por medio.
El Patrón no se inmutó. Les dio la espalda tranquilamente y volvió a sentarse en su sillón, sin responderles siquiera. Ya había dicho lo que tenía que decir, no iban a venir a decirle a él qué era lo que tenía que hacer en sus tierras, ni estos hombres con escopetas, ni nadie.
No era por Amanda que se mantenía tan firme, sino porque no le gustaba que contrariaran su voluntad.
Los hombres se quedaron en la galería, con las escopetas en la mano, sin saber qué hacer. Se miraban sin hablar, esperaban al capataz que no llegaba, aunque no sabían para qué lo esperaban, adivinaban esa espera inútil.
No podían volver sin respuesta a sus mujeres e hijos. Mejor dicho, no podían volver con esa respuesta. Se sentían humillados, aunque ciertamente no analizaban este sentimiento, simplemente sentían que la tensión a la sombra de la galería crecía cada vez más y que algo tenían que hacer.
Una pareja de hombres que estaba cerca de la ventana tomó una mesa de madera que había en la galería y la tiró contra la pared, haciendo mucho ruido y despedazándola.
El Patrón se sobresaltó, llamó con un grito al capataz y se acercó a la galería.
Los hombres lo miraban con furia, con odio, con ira. Uno de ellos, el más viejo, tomó una pata de la mesa que acababan de romper y dijo solemnemente: “Un tributo a mis ancestros”, y le pegó al Patrón un fuerte golpe en la cabeza. A ese golpe siguieron muchos, la sangrienta muerte ya estaba definida.
El capataz llegó tarde. Amanda, volviendo de su misa, se encontró con los hombres que llevaban al Patrón hacia el caserío, como un trofeo, como un recuerdo de la histórica victoria de los débiles sobre el fuerte, de los pobres sobre el rico, de los indios sobre el blanco.
Amanda lloró. Ciertamente sintió remordimiento, pero más lloró de bronca. El llanto de Amanda no conmovió a nadie. Vivió y murió sola, en su gran estancia despoblada.
Wednesday, September 02, 2009
salomón
-Hagamos una cosa entonces, compartámoslo.
-¿Cómo?
-Claro, vos lo usas de la mitad para abajo, yo de la mitad para arriba.
-¡Pero no va a querer! Además yo quiero la boca también.
-Bueno querida, pero todo no se puede. Y lo que él quiera no es lo importante, ¿O sí? ¿Acaso se lo preguntamos antes?
-No, bueno, pero no me convence la idea.
-Yo no encuentro otra solución. ¿Trato hecho?
-Y dale...
-¿Cómo?
-Claro, vos lo usas de la mitad para abajo, yo de la mitad para arriba.
-¡Pero no va a querer! Además yo quiero la boca también.
-Bueno querida, pero todo no se puede. Y lo que él quiera no es lo importante, ¿O sí? ¿Acaso se lo preguntamos antes?
-No, bueno, pero no me convence la idea.
-Yo no encuentro otra solución. ¿Trato hecho?
-Y dale...
Sunday, July 26, 2009
ilusiones
Si lo miraba demasiado fijo a los ojos, se ponía nervioso y empezaba a tartamudear. Tenía esa costumbre de mirar para otro lado que a mí me irritaba mucho.
Podemos decir con cierto grado de verdad que era un buen tipo, una persona que se preocupaba por aquellos que lo rodeaban, casi siempre simpático y agradable.Tal vez sufría mucho por eso, tal vez se esforzaba para mantener esa apariencia tan calma y tranquilizadora.
No tengo de él más recuerdos que los sumados en unas cuantas tardes de mate, por el año '98, en un pequeño cuartito que hacía de oficina del club en el que trabajaba. Nos demorábamos largas horas conversando sobre cosas importantes para nosotros; una de esas extrañas amistades de la adolescencia, en la que uno es capaz de contarlo todo, hasta los más íntimos y vergonzosos detalles, a un desconocido. Luego, como suele suceder, no lo vi más. Me fui del pueblo y la vida arrancó para otro lado.
Me sorprendió la noticia de su muerte. A los 35 años, estaba pescando en el Río Paraná y de forma inexplicable cayó al agua y se ahogó. Sabía nadar y estaba solo. Encontraron la lancha con todas las cosas intactas dentro, y a él encallado en una orilla del Paraná flotando boca abajo, dos días después de su partida. Nadie pensó en el suicidio, y yo tampoco lo creí.
El caso es que, pasada la sorpresa inicial y la triste angustia de sabernos mortales que al principio nos embarga al enterarnos de cualquier muerte, yo había desplazado esas ideas de mi cabeza, había dejado de pensar en él. Me pareció un poco extraño cuando una noche soñé que venía a hablar conmigo, pero no le di mayor importancia; la mente es rara y no domino sus códigos secretos. Pero después de eso, de aquel sueño inconsistente en el que solamente me saludaba y respondía con una mueca desagradable a mi cara de perplejidad, después de eso, lo vi. Lo vi de día, estando yo despierta y fuera del efecto de cualquier sustancia tóxica. Lo vi en la calle Corrientes. Yo caminaba distraída y él me chocó el hombro. Mi primer impulso, bruscamente reprimido, fue el de saludarlo. El segundo, ignorarlo y pensar (aunque sabía que no era cierto) que me había equivocado.
Dos días más tarde, vino a mi casa, o, mejor dicho, estaba ahí cuando me levanté, sentado en la cocina, tomando mate con la pava, sin poner el agua en el termo, como era su costumbre. Mirando la mesa, con los ojos tristes.
Me asusté. Me miró y no me dijo nada, me ofreció un mate; "amargo", dijo.
Me quedé mirándolo, y como no agarré el mate se lo tomó él. No me hablaba, tenía una profunda expresión de tristeza.
-¿Qué pasó?- atiné a decir, sintiéndome una loca porque estaba hablando con un muerto. Mi cabeza se negaba a validar lo que mis ojos veían.
-Me caí- dijo en un suspiro. -Como un boludo. Me caí y me golpeé la cabeza con la lancha. Mirá vos que muerte pelotuda.
-Hay peores- dije yo, tratando de aliviar la tensión.
Me miró con bronca casi. Supongo que no esperaba semejante estupidez y frivolidad de parte mía. Creo que intentó dialogar conmigo, pero yo estaba demasiado sorprendida y no podía responderle. Al final me dijo:-Me siento solo. Nadie me quiere hablar, se quedan como vos, con esa cara de espanto.
-Como si estuvieran viendo a un muerto- dije yo, desatinadamente otra vez. Volvió a mirarme con los ojos tristes y llenos de odio, y finalmente se fue.
Tal vez si todo hubiese terminado ahí, si solo hubiese habido aquel extraño sueño y aquel extraño encuentro en la cocina, si todo se hubiese limitado a unas pocas palabras entrecruzadas con timidez y a unas cuantas miradas de miedo y de odio, tal vez mi escéptica mente habría encontrado alguna rara y poco convincente explicación, que con el tiempo y las naturales ayudas de la memoria (o de la falta de ella) habría terminado por ser muy convincente, hasta convertirse luego en absolutamente verdadera. Pero la cosa acababa de empezar, y por más que al principio me desvelaba buscando explicaciones racionales, gastara sueldos en psicólogos y psiquiatras y hasta empezara a dudar de mi salud mental, al cabo de un tiempo terminé por aceptarlo como a una realidad. Durante los primeros tiempos y encuentros la cosa me molestaba simplemente por el hecho intelectual: los fantasmas no existían, el alma no volvía de la muerte y no era posible que yo mantuviera diálogos y hasta tomara mate amargo con un muerto. Pero el asunto fue empeorando cuando el espíritu (no sé como llamarlo) empezó a tomar confianza y se iba metiendo cada vez más en mi vida, hasta llegar al punto de no dejarme respirar. Cada mañana me esperaba en la cocina, sentado con la pava y sus ojos tristes, y cada mañana conversábamos de algo. Durante dos o tres meses sus visitas se limitaron a una al día. Yo intenté varias técnicas para que se fuera. La primera fue, por supuesto, ignorarlo. Todavía pensaba que era una cosa de mi mente cansada y aburrida, y hacía de cuenta que no lo estaba viendo ni escuchando. Tuve que cambiar mi habitual mate matutino por café, porque él utilizaba indefectiblemente la pava y el matecito de calabaza.
Él se adaptaba a mi reacción. Levantaba levemente los hombros y murmuraba "si no me querés ver..." y no me dirigía más la palabra. Al día siguiente otro "buenas" y otra vez la misma escena. Un día me cansé, y me dije a mi misma: "sea o no sea una alucinación, no podés dejar que te modifique la vida. Pedile el mate". Así que entré decidida a la cocina y a su "buenas" respondí: "Mirá, veo que, no sé por qué razón, no vas a irte de mi casa. Ok. Pero te pido que de 8 a 9 me dejes el mate libre". Me miró con una expresión de burla tan típicamente suya y se río con tantas ganas que me hizo reír a mí también. Me ofreció el mate lleno diciendo "yo te cebo". Habíamos vuelto a ser amigos. Igual que en aquella adolescencia perdida no hacía tanto tiempo, volvimos a confesarnos cosas inconfesables y a compartir íntimos detalles.
Por un tiempo mantuvimos una especie de equilibrio, cada mañana en la cocina de mi casa nos dedicábamos una hora u hora y media de conversación y consuelo. Hasta ese momento nunca había excedido ese tácito límite territorial que era la cocina. Pero un día, me vino a despertar. "Pensé que si te lo traía a la cama..." dijo extendiendo la calabacita humeante. Otra vez me invadió la sensación de los primeros días, me sentía espiada, rara, loca. Como no tomé el mate, se lo tomó él otra vez, mientras me decía "vestite tranquila, yo estoy muerto". Agarré la ropa y me fui a vestir al baño, aunque en el fondo sospechaba que él podría entrar si quisiera y que no era por voyeurismo que había entrado a mi habitación.
Por ese tiempo, nada me cuesta admitirlo, estaba pasando por un tranquilo período en cuanto a lo que a vida sexual respecta, por no decir que andaba de malas y que los encuentros íntimos se sucedían a intervalos de tiempo bastante espaciados entre sí. Así que una noche muy despreocupadamente fui a mi casa después de haber tomado varias cervezas y una botella de vino tinto con un compañero del trabajo que desde hacía un tiempo me miraba con ojos insinuantes, sin acordarme siquiera de mi extraño compañero de departamento.
Estábamos en lo mejor, cuando lo veo pararse en la puerta de la habitación, cargando en sus brazos la ropa que habíamos dejado desparramada por toda la casa y mirándome, en actitud altamente reprobatoria. "Ya vamos a hablar de esto", dijo mientras daba media vuelta y se alejaba indignado hacia la cocina. De más está decir que mi noche de amor se vio frustrada, y que tuve que usar todos los artilugios de mi imaginación para justificar tan repentino enfriamiento de la cosa, seguido de un "quiero estar sola" y fugaz despedida en la puerta del ascensor. Volví a entrar hecha una fiera. Dispuesta a decirle a ese fantasma todo lo que pensaba de él y a exigirle que abandonara mi casa y ese hábito de charlar conmigo que había adquirido desde su muerte. Ya ni el repetido argumento de "es una pobre ánima en pena, está sólo y no tiene adonde ir" me calmaba la furia asesina que sentía hacia él.
Abrí la puerta de la cocina golpeándola contra la pared y lo busqué con la mirada, pero no estaba. La pava y el mate guardados en su lugar, y ningún espíritu esperándome para charlar.
Lo busqué por el resto de la casa, y nada. Parada en el medio del living le grité "¡Vení, maricón!", pero nada. Probé diciéndole "fantasma", porque sabía que eso lo hería profundamente, pero no hubo caso.
Me fui a dormir muy enojada, pensando "ya va a volver. ¡Ya va a ver cuando vuelva!". Pero no volvió. Lo esperé días, semanas, meses enteros. Cada mañana entraba en la cocina y miraba su silla. Le pedí perdón, le dije que ya no estaba enojada, que él había tenido razón en enojarse, hasta le dije que no era un fantasma, que no lo era para mí.Le pedí que volviera, una y mil veces. Creo que algunos días lloré por su ausencia, por no saber adónde había ido ni qué había sido de él. Hasta que, lentamente, volví a acostumbrarme. Como al principio tuve que acostumbrarme a su presencia, aceptar su existencia antes que nada y convencerme de que no era un sueño. Otra vez un largo proceso de prueba y error y de angustia y desesperación.
Y aunque esto que digo pueda sonar un poco extraño, la primera vez fue más sencilla. Fue mucho más fácil para mí aceptar a un fantasma en mi casa que admitir que se había ido para siempre.
Podemos decir con cierto grado de verdad que era un buen tipo, una persona que se preocupaba por aquellos que lo rodeaban, casi siempre simpático y agradable.Tal vez sufría mucho por eso, tal vez se esforzaba para mantener esa apariencia tan calma y tranquilizadora.
No tengo de él más recuerdos que los sumados en unas cuantas tardes de mate, por el año '98, en un pequeño cuartito que hacía de oficina del club en el que trabajaba. Nos demorábamos largas horas conversando sobre cosas importantes para nosotros; una de esas extrañas amistades de la adolescencia, en la que uno es capaz de contarlo todo, hasta los más íntimos y vergonzosos detalles, a un desconocido. Luego, como suele suceder, no lo vi más. Me fui del pueblo y la vida arrancó para otro lado.
Me sorprendió la noticia de su muerte. A los 35 años, estaba pescando en el Río Paraná y de forma inexplicable cayó al agua y se ahogó. Sabía nadar y estaba solo. Encontraron la lancha con todas las cosas intactas dentro, y a él encallado en una orilla del Paraná flotando boca abajo, dos días después de su partida. Nadie pensó en el suicidio, y yo tampoco lo creí.
El caso es que, pasada la sorpresa inicial y la triste angustia de sabernos mortales que al principio nos embarga al enterarnos de cualquier muerte, yo había desplazado esas ideas de mi cabeza, había dejado de pensar en él. Me pareció un poco extraño cuando una noche soñé que venía a hablar conmigo, pero no le di mayor importancia; la mente es rara y no domino sus códigos secretos. Pero después de eso, de aquel sueño inconsistente en el que solamente me saludaba y respondía con una mueca desagradable a mi cara de perplejidad, después de eso, lo vi. Lo vi de día, estando yo despierta y fuera del efecto de cualquier sustancia tóxica. Lo vi en la calle Corrientes. Yo caminaba distraída y él me chocó el hombro. Mi primer impulso, bruscamente reprimido, fue el de saludarlo. El segundo, ignorarlo y pensar (aunque sabía que no era cierto) que me había equivocado.
Dos días más tarde, vino a mi casa, o, mejor dicho, estaba ahí cuando me levanté, sentado en la cocina, tomando mate con la pava, sin poner el agua en el termo, como era su costumbre. Mirando la mesa, con los ojos tristes.
Me asusté. Me miró y no me dijo nada, me ofreció un mate; "amargo", dijo.
Me quedé mirándolo, y como no agarré el mate se lo tomó él. No me hablaba, tenía una profunda expresión de tristeza.
-¿Qué pasó?- atiné a decir, sintiéndome una loca porque estaba hablando con un muerto. Mi cabeza se negaba a validar lo que mis ojos veían.
-Me caí- dijo en un suspiro. -Como un boludo. Me caí y me golpeé la cabeza con la lancha. Mirá vos que muerte pelotuda.
-Hay peores- dije yo, tratando de aliviar la tensión.
Me miró con bronca casi. Supongo que no esperaba semejante estupidez y frivolidad de parte mía. Creo que intentó dialogar conmigo, pero yo estaba demasiado sorprendida y no podía responderle. Al final me dijo:-Me siento solo. Nadie me quiere hablar, se quedan como vos, con esa cara de espanto.
-Como si estuvieran viendo a un muerto- dije yo, desatinadamente otra vez. Volvió a mirarme con los ojos tristes y llenos de odio, y finalmente se fue.
Tal vez si todo hubiese terminado ahí, si solo hubiese habido aquel extraño sueño y aquel extraño encuentro en la cocina, si todo se hubiese limitado a unas pocas palabras entrecruzadas con timidez y a unas cuantas miradas de miedo y de odio, tal vez mi escéptica mente habría encontrado alguna rara y poco convincente explicación, que con el tiempo y las naturales ayudas de la memoria (o de la falta de ella) habría terminado por ser muy convincente, hasta convertirse luego en absolutamente verdadera. Pero la cosa acababa de empezar, y por más que al principio me desvelaba buscando explicaciones racionales, gastara sueldos en psicólogos y psiquiatras y hasta empezara a dudar de mi salud mental, al cabo de un tiempo terminé por aceptarlo como a una realidad. Durante los primeros tiempos y encuentros la cosa me molestaba simplemente por el hecho intelectual: los fantasmas no existían, el alma no volvía de la muerte y no era posible que yo mantuviera diálogos y hasta tomara mate amargo con un muerto. Pero el asunto fue empeorando cuando el espíritu (no sé como llamarlo) empezó a tomar confianza y se iba metiendo cada vez más en mi vida, hasta llegar al punto de no dejarme respirar. Cada mañana me esperaba en la cocina, sentado con la pava y sus ojos tristes, y cada mañana conversábamos de algo. Durante dos o tres meses sus visitas se limitaron a una al día. Yo intenté varias técnicas para que se fuera. La primera fue, por supuesto, ignorarlo. Todavía pensaba que era una cosa de mi mente cansada y aburrida, y hacía de cuenta que no lo estaba viendo ni escuchando. Tuve que cambiar mi habitual mate matutino por café, porque él utilizaba indefectiblemente la pava y el matecito de calabaza.
Él se adaptaba a mi reacción. Levantaba levemente los hombros y murmuraba "si no me querés ver..." y no me dirigía más la palabra. Al día siguiente otro "buenas" y otra vez la misma escena. Un día me cansé, y me dije a mi misma: "sea o no sea una alucinación, no podés dejar que te modifique la vida. Pedile el mate". Así que entré decidida a la cocina y a su "buenas" respondí: "Mirá, veo que, no sé por qué razón, no vas a irte de mi casa. Ok. Pero te pido que de 8 a 9 me dejes el mate libre". Me miró con una expresión de burla tan típicamente suya y se río con tantas ganas que me hizo reír a mí también. Me ofreció el mate lleno diciendo "yo te cebo". Habíamos vuelto a ser amigos. Igual que en aquella adolescencia perdida no hacía tanto tiempo, volvimos a confesarnos cosas inconfesables y a compartir íntimos detalles.
Por un tiempo mantuvimos una especie de equilibrio, cada mañana en la cocina de mi casa nos dedicábamos una hora u hora y media de conversación y consuelo. Hasta ese momento nunca había excedido ese tácito límite territorial que era la cocina. Pero un día, me vino a despertar. "Pensé que si te lo traía a la cama..." dijo extendiendo la calabacita humeante. Otra vez me invadió la sensación de los primeros días, me sentía espiada, rara, loca. Como no tomé el mate, se lo tomó él otra vez, mientras me decía "vestite tranquila, yo estoy muerto". Agarré la ropa y me fui a vestir al baño, aunque en el fondo sospechaba que él podría entrar si quisiera y que no era por voyeurismo que había entrado a mi habitación.
Por ese tiempo, nada me cuesta admitirlo, estaba pasando por un tranquilo período en cuanto a lo que a vida sexual respecta, por no decir que andaba de malas y que los encuentros íntimos se sucedían a intervalos de tiempo bastante espaciados entre sí. Así que una noche muy despreocupadamente fui a mi casa después de haber tomado varias cervezas y una botella de vino tinto con un compañero del trabajo que desde hacía un tiempo me miraba con ojos insinuantes, sin acordarme siquiera de mi extraño compañero de departamento.
Estábamos en lo mejor, cuando lo veo pararse en la puerta de la habitación, cargando en sus brazos la ropa que habíamos dejado desparramada por toda la casa y mirándome, en actitud altamente reprobatoria. "Ya vamos a hablar de esto", dijo mientras daba media vuelta y se alejaba indignado hacia la cocina. De más está decir que mi noche de amor se vio frustrada, y que tuve que usar todos los artilugios de mi imaginación para justificar tan repentino enfriamiento de la cosa, seguido de un "quiero estar sola" y fugaz despedida en la puerta del ascensor. Volví a entrar hecha una fiera. Dispuesta a decirle a ese fantasma todo lo que pensaba de él y a exigirle que abandonara mi casa y ese hábito de charlar conmigo que había adquirido desde su muerte. Ya ni el repetido argumento de "es una pobre ánima en pena, está sólo y no tiene adonde ir" me calmaba la furia asesina que sentía hacia él.
Abrí la puerta de la cocina golpeándola contra la pared y lo busqué con la mirada, pero no estaba. La pava y el mate guardados en su lugar, y ningún espíritu esperándome para charlar.
Lo busqué por el resto de la casa, y nada. Parada en el medio del living le grité "¡Vení, maricón!", pero nada. Probé diciéndole "fantasma", porque sabía que eso lo hería profundamente, pero no hubo caso.
Me fui a dormir muy enojada, pensando "ya va a volver. ¡Ya va a ver cuando vuelva!". Pero no volvió. Lo esperé días, semanas, meses enteros. Cada mañana entraba en la cocina y miraba su silla. Le pedí perdón, le dije que ya no estaba enojada, que él había tenido razón en enojarse, hasta le dije que no era un fantasma, que no lo era para mí.Le pedí que volviera, una y mil veces. Creo que algunos días lloré por su ausencia, por no saber adónde había ido ni qué había sido de él. Hasta que, lentamente, volví a acostumbrarme. Como al principio tuve que acostumbrarme a su presencia, aceptar su existencia antes que nada y convencerme de que no era un sueño. Otra vez un largo proceso de prueba y error y de angustia y desesperación.
Y aunque esto que digo pueda sonar un poco extraño, la primera vez fue más sencilla. Fue mucho más fácil para mí aceptar a un fantasma en mi casa que admitir que se había ido para siempre.
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